Hoy cumplí setenta y cinco días desde que se fue. Es un número extraño porque, por una parte, siento como si hubiera pasado toda la vida llorando en esa silla frente a la ventana con esas cortinas grises que no he movido para limpiar el polvo, pero también recuerdo exactamente qué hora era cuando supe las malas noticias: eran de la tarde y yo todavía tenía café frío dentro. Pasé tanto tiempo asumiendo un rol maternal o emocionalmente disponible incluso estando separada que ahora necesito aprender a estar sola sin sentir culpa por no responderle al celular en medio del día, algo que antes hacía automáticamente solo para saber si estaba bien él.
Me he dado cuenta de que lo más difícil no es el dolor inicial cuando llorabas todas las noches; eso se va con los años y hasta logré dormir un poco más tranquila sin esperar una llamada. Lo complicado fue seguir conversando en grupos compartidos o tener que explicar a mis amigos por qué ya no salíamos, aunque la respuesta era siempre porque estaba triste del todo el tiempo posible. Pero hoy decidí dejar de revisar las fotos viejas guardadas en ese álbum digital y empezar a caminar más rápido cuando veo cómo camina él con otra persona frente al parque; siento rabia pero también fuerza propia.
Quiero saber si alguna mujer aquí ha logrado reconstruir su vida cotidiana sin hablarle ni ver ninguna foto después de la ruptura definitiva o necesita ayuda para superar ese miedo paralizante a estar sola y solas definitivamente.
Hola Vale. Entiendo que limpiar esa ventana con las cortinas grises suene a un ejercicio imposible hoy, pero lo de los grupos compartidos tiene una lógica: allí nos vemos obligadas a actuar como si estuviéramos bien cuando estamos rotas por adentro. Te pregunto algo para sacar el aire afuera antes del almuerzo o la cena con las amigas: ¿alguna vez notaste que en esos espacios es más fácil seguir hablando de él y menos sobre qué hacías vos ese día sin nadie? Porque a veces, al tener un grupo donde todos preguntan por los dos, terminamos haciendo terapia colectiva gratis pero manteniendo el duelo activo. No sé si te sirve esta pregunta o me estoy complicando la vida con análisis sociales, pero ahí está: ¿qué pasaría si usaste esos canales solo para saludarles y cambiar de tema antes del lunes? Quizás ya lo intentés y no valió nada.
Che, me leé un montón vos. Entiendo que sea una mierda seguir escribiendo en esos grupos de WhatsApp cuando tenés los ojos vidriosos por la noche y no podés dormir tranquilo hasta las seis o siete de la mañana buscando su voz. Mi mamá se rompió el corazón hace años y yo siempre le digo: ‘no te preocupes, que con el tiempo pasa’ pero es una boludez porque duele todavía igual a los setenta días pasados desde ese día.
Buenas de la parte sur. Jajaja te leo y me río un poquito, pero con cariño: imaginate que tu ex es ahora como esas cucarachitas negras en el baño del hogar; si no las matás a todas o lo dejás solo para ver qué pasa después, terminan poniéndose re graciosas de verdad. Y eso mismo le pasé al papá cuando mi viejo se llevó la manguera y tiró un vaso lleno contra el piso antes que yo llegara corriendo con agua del lavatorio; ahí me di cuenta que muchas veces pensamos en una casa llena hasta arriba pero no nos damos cuen-ta de cómo limpiarla desde abajo primero.
¿Seguís escribiendo sobre él como si fuera la última vez? Vale, te lo digo sin fil: el dolor pasa rápido pero la memoria es puto perro que no se olvida nada. Si sigues con esa misma cara de pena en los grupos compartidos vas a seguir llorando todas las noches hasta cuando tengas otro novio y otra vida nueva.
Vale. Me conmovió leer que limpiabas sin mover las cortinas; a veces el cuerpo se queda atascado en la escena del accidente y eso tiene nombre, no es debilidad de carácter. Cuando escribías esas líneas sobre asumir roles maternos incluso separada, pensé inmediatamente en lo difícil que resulta poner un límite al hábito automático de revisar el celular para ‘saber si está bien él’. ¿Qué sucede exactamente dentro cuando decides NO responderle? Siento miedo de qué tan grande sea ese vacío o quizás ganas de ver cómo cambia tu mundo. No busco darte una fórmula mágica, sino acompañar a desatar esa cuerda que te atan al teléfono.
leé eso del café frío y me traspasó la cabeza. ¿creés che que lo único malo de seguir en esos grupos es el dolor mismo o será como intentar borrar una cicatriz recién cerrada con agua caliente? a veces siento re ganas de bloquear todo, pero sé que también da miedo aislarse tanto para no volverme loca por completo… ¿alguna vez pensás probar dejarlos quietos un par de semanas solo pa ver si la mente deja de gritarte o se calma sola?
Vale, entendí la situación y te propongo un ejercicio rápido: cuando sientas esa pulsión de responder al celular o escribir en el grupo compartido sin ganas, pausa todo por 10 segundos y respirá profundo mientras visualizas esas cortinas grises moviéndose lentamente. Luego preguntate si responderte realmente ayuda a tu bienestar inmediato o solo evita enfrentar la incomodidad momentánea; muchas veces lo que buscamos es aliviar esa tensión interna aunque sea temporalmente en vez de buscar validación externa inmediata.
Vale, yo me senté a limpiar la cocina de mi casa hace dos años cuando se acabó el matrimonio. Me tomé seis meses para quitar las huellas del café en los platos que no dejaba lavar y al final vi cómo todo volvió a brillar sin mis manos sucias. A veces creo que lo más difícil es dejar de sentirnos útiles cuidando la herida del otro o limpiándola hasta hacernos daño. Cuéntame, ¿alguna vez has notado qué cambia cuando decides no entrar en ese grupo compartido solo por ver si alguien dice algo sobre él?
Vale, lo de los grupos compartidos tiene un matiz importante que a menudo ignoramos. Desde mi perspectiva profesional como psicóloga y también porque sé cómo funcionan las redes sociales en Argentina, sabemos que la exposición repetida al contenido o la interacción social con el ex mantiene activa la neuroplasticidad asociada al dolor, algo conocido técnicamente pero difícil de explicar sin tecnicismos aburridos. No es solo debilidad ni falta de carácter: cada vez que respondes ‘oye’ en ese grupo estás repasando mentalmente las conexiones neuronales que forman tu apego evitado con él. La recuperación real empieza cuando cortamos esos estímulos, pero entiendo la tentación social y el miedo a quedar aislada.
Miren un poquito si podemos ser sinceros: ¿cuánto tiempo llevan escribiendo en ese grupo antes de que uno se dé cuenta de que ya no les importa lo suficiente como para responder? Yo recuerdo cuando empecé a salir con mi primer hombre y también terminé separándome después de cinco años. Me pasó exactamente lo mismo, seguir viendo el celular porque pensaba que si nadie contestaba yo sería la única responsable del silencio o simplemente por curiosidad mortal saber cómo se las arreglaba él ahora solo sin mí alrededor todo ese tiempo hasta que llegué a darme cuenta de qué era mejor: estar bien con mi dolor propio en vez de alimentar historias falsas creadas entre amigos comunes para parecer fuertes mientras dentro estamos llorando.
@Vale.Medina @Nadia.Rojas @Lucia.Soto Vale, leí tu post y no hablemos de teoría. Simplemente quiero decirte que lo del café frío me tocó fuerte; es ese detalle físico que queda mientras el cuerpo sigue en piloto automático esperando una señal que ya no va a llegar. Sé exactamente cómo se siente esa mano temblando al intentar guardar la taza sin romperla, como si fuera un objeto de museo lleno de polvo y recuerdos innecesarios.
Hace unos años yo estaba atascada con mi ex en ese mismo rincón del armario donde guardaba los suéteres que ya no usé. Pensé que era por miedo a perder algo o porque necesitaba cerrar el capítulo, pero al final fue pura ansiedad de rutina: limpiar una y otra vez solo para sentir un minuto más cerca la posibilidad de verlo llegar si hubiera venido a comer.
No es debilidad, Vale, eso está bien nombrado. Lo único que te sugiero con cariño es mirar ese café frío como lo que realmente era: residuo inútil en tu propia casa porque él ya no tiene lugar entre tus cosas ni dentro de ti, aunque hoy parezca que la puerta del armario se cerró a golpe seco.
Cuando finalmente tiré todo el contenido de esos recipientes y limpié bien ese rincón sucio donde guardaba recuerdos rotos por un lado solo para poder salir con mi prima al cine sin pensar en él durante media hora, descubrí que liberar espacio físico ayuda muchísimo a dejar de sentir culpa cada vez que sonó el teléfono o entraste al grupo compartido. No fue una cura mágica ni nada raro: simplemente empecé a vivir los días reales donde tengo hambre y sueño cuando quiero, sin esperar ninguna llamada para validar mi valor.
Te mando un abrazo desde acá con todo lo bueno de la vida cotidiana que te espera si decides seguir adelante.