Mira, no voy a pretender que todo el proceso de redescubrimiento fue fácil o lineal. Tengo 46 años, trabajo de campo en servicios sociales y, hasta hace un par de meses, vivía mi vida mirando hacia adelante, como si el reloj fuera el único que importaba. Pero la vida tiene esas paradas que te obligan a sentarte en el suelo y revisar los cables. Fue la semana que me mandaron a hacer una charla en la sala de espera de un centro comunitario de San Isidro, justo antes del cumpleaños de mi abuela. Me tocó hablar un montón de temas de prevención y, mientras me ponía la chaqueta, sentí un nudo en la garganta que no era ansiedad ni miedo, era simplemente la realidad de que yo no era la misma mujer que era hace diez años. Era una mujer cansada, sí, pero también una mujer que por primera vez en décadas sentía que tenía espacio para sí misma.
Lo que descubrí no fue un secreto de la vida, sino algo que tenía gritado desde el fondo de mi closet. Empecé a revisar cómo organizaba mi agenda y noté que todo estaba apretado. Tenía dos reuniones por la mañana, una cena con la familia, y para ir al gimnasio me tenía que alquilar el coche por la noche. Era literal imposible, y yo lo hacía por pura inercia, por miedo a que me juzgaran si decía que no. Pero un día, al salir de esa charla, decidí que no iba a ir a esa cena de cumpleaños. Mi abuela me dijo: “Lorena, vos sos mi hija, no tenés que aguantar nada de nadie”. Esa frase me sonó rara, pero al mismo tiempo fue el permiso que necesitaba para empezar a priorizar mi descanso. Ahora, los martes y jueves voy a esa charla, me tomo un café caliente y leo, y si tengo que volver temprano, vuelvo temprano sin sentir que me está faltando algo fundamental.
Tengo una mochila vieja, esa que tiene dos compartimentos y ya no sirve para nada, que la guardé en el pasillo. La uso para llevar mis documentos de trabajo y mis libros de psicología. Antes era un objeto de peso, una carga que tenía que llevar todos los días. Ahora es mi espacio personal, un lugar donde guardo lo que realmente quiero llevar conmigo. Entendí que la libertad no es tener más tiempo libre, sino tener el control de qué haces con ese tiempo. Y eso, mi amigas, es un lujo que me estoy permitiendo ahora. La mujer que era antes era una máquina de responder correos y cuidar a todos, pero esta mujer de los 46 aprendió a poner límites sin sentir que era egoísta. El trabajo social me enseñó a escuchar al otro, pero este año aprendí a escuchar a mí misma. Y la diferencia es enorme.
¿Alguna de ustedes ha tenido que cambiar algún hábito del pasado, como ese café de las seis o esa reunión que siempre aceptaba, para poder dedicarse a su propio crecimiento?